La histórica relación editoral entre Barcelona y Argentina

Cuando se habla de la relación editoral entre Barcelona y Argentina lo primero que le viene a uno a la cabeza es el Grupo RBA y la figura de su fundador Ricardo Rodrigo que, viniendo desde Buenos Aires se estableció en Barcelona en los años 70 fundó años más tarde lo que hoy en día es uno de los mayores grupos editoriales del mundo en español. Sin embargo hay una historia anterior donde el recorrido fue inverso, editores barceloneses se establecieron en Buenos Aires en los años 30.

Barcelona fue la localidad invitada este año en la nueva edición de la 45ª Feria del Libro de Argentina. Este feria, la más grande del mundo en español, se celebró de 25 de Abril al 13 de Mayo 2019. Se considera como el evento editoriales más importante de Latinoamérica. El lugar de encuentro entre autores, editores, libreros, distribuidores, educadores, bibliotecarios, científicos y más de un millón de lectores que acuden a esta cita, en definitiva, todos los implicados en el mundo de los libros. Se realizó en el predio Ferial de la Rural del barrio de Palermo.

En esta edición merece mencionar a dos editores catalanes con historias y recorridos divergentes, en verdad,  opuestos. A lo largo de la Feria, en el Museo Larreta de Belgrano se va a poder ver la exhibe Barcelona-Buenos Aires: Un Puente de Libros, encargada de Antoni López Llausás, primero director y luego dueño de Sudamericana.

Una de las editoriales más destacables del país y de la lengua en el siglo XX. López Llausás descendía de una familia de editores, además de dueños de la clásico librería Catalonia, en Barcelona. “Su abuelo había fundado unas revistas que fueron muy de vanguardia, L’Esquella de la Torratxa y La Campana de Grácia. Se hicieron bastantes números y publicaba ahí gente de avanzada, ilustradores, fotógrafos”, cuenta Gloria Rodrigué, su nieta y hoy dueña de la vivienda editorial Edhasa.

A lo largo de la década del 20 –aún en España– editó el Diccionari General de la Llengua Catalana, el primer diccionario catalán-castellano, y además la revista D’Ací i d’Allá, un mensuario de actualidad e huella cosmopolita y actualizada –lo que hoy llamaríamos “tendencia”– relacionado al catalanismo cultural.

Como varios otros, se exilió a lo largo de la Guerra Civil: “Se fue de España el día que los anarquistas le han tomado el taller, en 1936, muy poquito tiempo luego de que empezara la guerra. Matan a uno de los directores de estas revistas, y el día que lo matan le avisan a mi abuelo que a él además lo van a matar”.

López Llausás se instaló en París y recién llegó a la Argentina tres años después, convocado para dirigir sudamericana: “La habían fundado Victoria Ocampo, Oliverio Girondo, Don Carlos Mayer… un grupo de intelectuales. Ninguno era editor, han comenzado a divulgar los libros de sus amigos y, al cabo de unos meses, se encontraba fundida. Entonces un amigo de él, de Barcelona, que se encontraba viviendo en Buenos Aires y trabajaba en la empresa de electricidad CHADE, le ha propuesto venir a Buenos Aires. Y mi abuelo se encontraba en Francia, haciendo un trabajo en la vivienda Hachette, y se vino a la Argentina con mi abuela y mi papá” , cuenta su nieta.

El grupo de creadores integraba además a Rafael Vehils –que fue quien fue a buscarlo a París– y a Andreu Bausili i Sanromà. Los dos eran políticos y hombres de negocios vinculados al político catalanista, mecenas y millonario Francesc Cambó, además migrado a la Argentina, y fueron presidentes de la citada Empresa Hispanoamericana de Electricidad –después de 1936, CADE–, una de las proveedoras de Buenos Aires.

Sudamericana próximamente se transformó en una editorial triunfadora. Según Rodrigué, “en el ´42, enseguida comenzó a divulgar muchas traducciones atrayentes. Mauriac, Virginia Woolf, Huxley, en la recopilación Horizonte. Él no era el que leía, porque poseía un asesor literario, que en un primer instante era Julián Urgoiti, un vasco que trabajó varios años con él. Él siempre tuvo editores pero poseía una perspectiva global de lo editorial, de lo comercial, de lo administrativo y además de lo literario”.

Después, la persona clave fue Francisco “Paco” Porrúa, responsable de la publicación de Cien años de soledad en 1968 y del “boom”, que marcó una etapa de esplendor cultural y comercial para la literatura latinoamericana. Además desarrolló la recopilación de fantasía Minotauro con Jorge López Llausás –padre de Gloria, quien murió joven, en la década del 60– y que después se transformó en editorial.

El despegue de Sudamericana coincide con la llamada “época de oro” de la edición argentina, que se acostumbra situar entre 1939 y 1955. Con la industria de españa asfixiada por la crisis de posguerra y la censura, las editoriales argentinas dirigidas o fundadas por españoles –la misma sudamericana, Espasa Calpe, Emecé y Losada– lideraron el mercado en lengua castellana: “El 50% de lo que se producía se exportaba a Latinoamérica, España y México.

En 1945, cuando vino el peronismo, mi abuelo ha dicho ‘de nuevo voy a tener que irme’, entonces fundó en México una distribuidora, y luego editorial, llamada Hermes, y en España fundó Edhasa, como compañías independientes, por si poseía que volver a huír. A España, varios de los libros publicados en Sudamericana ingresaban bajo cuerda y se vendían en las librerías con otras tapas porque estaban prohibidos por la censura. Había un depósito clandestino. Camus, Simone de Beauvoir, Sartre…; varios escritores españoles como Salvador de Madariaga, se publicaban acá y no en España”.

La “época de oro”, sin embargo, fue un fenómeno más comercial e industrial que literario a nivel local. En su libro Editores y reglas editoriales en Argentina, 1880-1930 José Luis de Diego apunta que “durante la ‘época de oro’ se exportaba más del 40% de la producción, lo que obligaba a proyectar listados más ‘universales’”.

Esto cambió en la década del 60. Con una industria de españa en rehabilitación y un nuevo público lector en nuestro estado, las editoriales argentinas priorizaron a los autores nacionales o latinos.

En la situación de Sudamericana, García Márquez, Cortázar, Sabato, Puig y Onetti. Este nuevo público compró además títulos que llevaban años en su fondo editorial, como Adán Buenosayres, de Marechal, que apareció en 1948, La vida corto de Onetti (1950) y Bestiario de Cortázar (1951). López Llausás manejó la editorial hasta su muerte, en 1979, y desde entonces, hasta su venta en 1998, se realizó cargo su nieta Gloria Rodrigué, que tuvo como editores a Enrique Pezzoni y Luis Chitarroni.

Menos popular y glamorosa –entre los catalanes en la Argentina– es la historia de Juan Carlos Torrendell, contrafigura acabada de López Llausás. Su editorial, Tor, además tuvo su auge en los años 40, destinada a un público habitual.

Se dedicaba a los libros baratos y fue la editorial más importante, en relación a títulos y ejemplares publicados, de América Latina, según asegura Carlos Abraham en su completo estudio Tor: medio siglo de libros populares. Por él, entendemos que Juan Torrendell i Escalas, el padre de Juan Carlos, llegó con su familia al país en 1912. Fue narrador, creador teatral, crítico literario en La Nación y se jubiló –también– como empleado de la CHADE.

En 1916 fundó Tor con su hijo Juan Carlos, quien dirigía la empresa. Según Abraham, “una de las cualidades esenciales de Thor era ser un editorial centrado exclusivamente en el aspecto comercial de la actividad literaria. No tenía una razón intelectual.

“A partir de ahí, todo lo que rodea a Tor es sobresaliente, comenzando con su forma de producción: fue la editorial exclusiva para libros impresos, revistas productivas solo con ediciones de más de 5,000 copias, pero solía correr con un poco más de 20,000 Para encontrar esta cantidad, vino a distribuir un libro al día y distribuirlo en toda América Latina y, en menor medida, en España.

Su muestreo vastísimo –más de 10.000 títulos– integraba novela policial, de aventuras, historietas, género rosa, enormes clásicos de la filosofía, literarios, libros de autoayuda, sagas como Tarzán, Mr. Reeder o Sexton Blake, las aventuras de Rocambole y ediciones de Dostoievski y Nietzche que, se afirma, leía Arlt.

No resultaba primordial la calidad de las traducciones ni su origen. Lo exclusivo que le importaba era que se vendieran; los contenidos escritos eran un insumo más. Tor poseía como lema: “Todo negocio referente a papel impreso”.

Este eclecticismo absoluto permitió que publicaran en Tor autores de la principiante vanguardia argentina. En 1933 Bioy Casares divulgó su primera novela, 17 tiros contra lo porvenir, con el seudónimo de Martín Sacastrú.

En la misma recopilación, Cometa, se han publicado 45 días y 30 marineros, de Norah Lange, Mundo de siete pozos, de Alfonsina Storni y La rueca milagrosa, de Salvadora Medina Onrubia.

En otra recopilación, Megáfono, probablemente sustentada económicamente por la revista católica del mismo nombre, nació Vidas de muertos, de Ignacio Anzoátegui y debutó Borges como prosista con Historia universal de la infamia.

Luego de su auge en las décadas del 30 y 40, Tor decayó a objetivos de los 50. No ha podido renovarse tecnológicamente ni competir en el mercado latinoamericano con la industria de españa ya recuperada. En 1961 murió Juan Carlos Torrendell y diez años luego, su hijo Jorge cerró la compañía.

Hace varios años que los enormes grupos administran la industria editorial global en español. La tradición de sudamericana se puede seguir en el sello que transporta su nombre y en Edhasa. La de Tor, en los clásicos libres de derechos que todavía llenan las mesas de oferta de la avenida Corrientes, con su exquisito anacronismo.

Barcelona-Buenos Aires Un puente de libros. Exhibe en el Museo Larreta, curada por Julià Guillamon. Desde el 26 de abril. Juramento 2291, CABA. De 12 a 19 en la semana. Sáb. y dom. de 10 a 20. Martes cerrado.

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